Hoy queremos compartir con ustedes una reflexión que no nace de teorías ni de noticias lejanas, sino de la experiencia directa y cotidiana en el trabajo profesional.
Al revisar detenidamente varios casos judiciales recientes, se repite una realidad que duele, incomoda y obliga a pensar: en todos los casos de violación y actos contra el pudor, los hechos no ocurrieron en la calle ni en lugares desconocidos, sino dentro del entorno cercano de la víctima.
Estamos hablando de espacios familiares, amicales o, en algunos casos, vecinales. Es decir, lugares donde se supone que una persona debería sentirse segura.
Esto rompe completamente con la idea que muchas veces tenemos —y que incluso se refuerza en discursos públicos— de que estos delitos ocurren en calles oscuras, zonas peligrosas o a manos de desconocidos.
La realidad es otra, y es mucho más difícil de enfrentar: el riesgo muchas veces está dentro del círculo de confianza.
Esta constatación no busca generar desconfianza generalizada entre nosotros, pero sí nos invita a algo mucho más importante: a estar atentos, a escuchar más, a no minimizar señales y a fortalecer la comunicación dentro de la familia.
También nos lleva a cuestionar cómo estamos entendiendo el problema como sociedad. Si las políticas, campañas y mensajes siguen enfocándose solo en el peligro externo, podríamos estar dejando de ver lo que realmente está ocurriendo en casa o en entornos cercanos.
Es una realidad dura, pero necesaria de reconocer.
Solo cuando miramos las cosas tal como son, podemos empezar a proteger mejor a quienes más queremos.
Hablemos más en familia. Escuchemos sin juzgar. Estemos atentos a los cambios, a los silencios, a las señales.
Porque muchas veces, el cuidado no está en mirar hacia afuera…
sino en saber mirar con atención hacia adentro.