Breves en el contexto politico nacional

Perú: la política en crisis permanente y el país que resiste

Por: Marco A. Cruzalegui

Ocho presidentes en diez años. Y cuando el próximo jure el cargo en las próximas horas, nadie puede asegurar que llegará al 28 de julio. Y cuando el que jure el 28 de julio asuma el mandato constitucional, tampoco habrá garantía alguna de que complete el período para el que fue elegido. Esa es la fotografía cruda del Perú político en la última década.

Desde la salida de Pedro Pablo Kuczynski, pasando por Martín Vizcarra, Manuel Merino, Francisco Sagasti, Pedro Castillo y Dina Boluarte, hasta el interinato que hoy se anuncia, la constante no ha sido la estabilidad sino la precariedad. El sillón presidencial parece haberse convertido en una estación de tránsito.

Y sin embargo, el país funciona.

La paradoja peruana: crisis política, estabilidad económica

Mientras la clase política se devora a sí misma en un ciclo de censuras, vacancias, acusaciones constitucionales y enfrentamientos permanentes entre el Ejecutivo y el Congreso de la República, la economía mantiene una sorprendente resiliencia. El sistema financiero opera con normalidad, la inversión privada —aunque cautelosa— no ha colapsado, el aparato administrativo del Estado continúa prestando servicios y los gobiernos regionales y municipales ejecutan presupuestos.

Es como si existieran dos cuerdas paralelas:

  • una, la política, en permanente turbulencia;
  • otra, la económica-administrativa, que sigue su curso casi al margen del ruido.

Esta separación ha evitado el colapso inmediato. Pero también encierra un riesgo silencioso: normalizar la crisis.

El costo invisible: sostenibilidad y largo plazo

Lo verdaderamente grave no es la caída de un presidente. Tampoco la confrontación coyuntural. Lo preocupante es la imposibilidad de planificar el país a largo plazo.

¿Cómo sostener una reforma educativa de diez años si cada presidente dura meses?
¿Cómo ejecutar proyectos estratégicos de infraestructura si cada gabinete redefine prioridades?
¿Cómo garantizar políticas públicas coherentes en salud, seguridad o transición energética si la permanencia es incierta?

La política inestable no necesariamente quiebra la economía en el corto plazo, pero sí erosiona la sostenibilidad institucional. Y eso es más peligroso.

Un país sin horizonte estratégico claro se vuelve reactivo. Vive de la inercia, no de la planificación. Y cuando la inercia se agota, el vacío se hace evidente.

Imagen internacional y riesgo de “Estado fallido”

El Perú no es un Estado fallido. Sus instituciones siguen operando, sus tribunales resuelven, sus bancos funcionan, su comercio exterior continúa. Pero la imagen internacional es otra cosa.

La sucesión acelerada de presidentes proyecta inestabilidad estructural. La percepción de que ningún mandatario puede completar su período transmite debilidad institucional. Los inversionistas miran con prudencia. Los socios internacionales observan con cautela.

No estamos ante el colapso del Estado, pero sí ante un desgaste progresivo de su credibilidad política.

Elecciones en un clima de apatía

En los próximos meses elegiremos diputados, senadores y presidente. Sin embargo, el ánimo ciudadano no es de expectativa sino de indiferencia.

La pregunta en la calle no es “¿quién será el próximo presidente?”, sino “¿cuánto durará?”.

La apatía no es desinterés superficial; es una reacción racional frente a la reiterada frustración. ¿Cómo entusiasmarse con un sistema que no garantiza estabilidad? ¿Cómo comprometerse con proyectos políticos que parecen diseñados para durar menos que una legislatura?

La clase política ha erosionado su propia legitimidad. No solo por corrupción o incompetencia, sino por incapacidad de construir consensos mínimos que aseguren gobernabilidad.

La crítica necesaria

Si algo perturba hoy al país no es la economía. Es la política.

Perturba la ausencia de visión.
Perturba el cortoplacismo.
Perturba la permanente estrategia de supervivencia antes que la construcción de Estado.

La clase política parece haber olvidado que el poder no es un botín transitorio sino una responsabilidad institucional. Y que la democracia no se agota en la aritmética parlamentaria, sino que exige estabilidad, previsibilidad y respeto por los ciclos constitucionales.

¿Resiliencia o advertencia?

El Perú ha demostrado una extraordinaria capacidad de resistencia. La economía no colapsa. El aparato estatal sigue funcionando. La sociedad civil se adapta.

Pero la resiliencia no debe confundirse con inmunidad.

Un país puede soportar una crisis política.
Puede tolerar dos.
Puede incluso sobrevivir a diez años de inestabilidad.

Pero no puede construir futuro sobre la incertidumbre permanente.

La próxima elección no solo debe definir nombres. Debe marcar un punto de inflexión institucional. No basta elegir un presidente; necesitamos elegir estabilidad. No basta renovar el Congreso; necesitamos renovar la cultura política.

Porque si algo está realmente en juego no es quién juramenta mañana, sino si el Perú será capaz de garantizar que quien jure pueda gobernar hasta el final del mandato.

Y esa es una responsabilidad que ya no admite postergaciones.

 

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