La agenda que San Martín debería exigir a quienes quieren gobernarlo
“Voy a mejorar la educación”.
“Voy a impulsar el turismo”.
“Vamos a apoyar a los agricultores”.
“Generaremos empleo”.
Todas suenan bien.
El problema es que dentro de cuatro años será casi imposible determinar si esas promesas se cumplieron.
Por eso San Martín debería cambiar la pregunta que hace a sus candidatos.
En lugar de preguntar solamente qué harán, deberíamos preguntar qué resultado concreto se comprometen a entregar.
Menos promesas.
Más metas.
No partimos de cero
San Martín ya cuenta con instrumentos de planificación que deberían evitar que cada nuevo gobierno invente nuevamente la región.
Tenemos un Proyecto Educativo Regional al 2036.
Tenemos un Plan de Desarrollo Regional Concertado al 2040, aprobado en 2025 y construido para articular Estado, sector privado y sociedad civil.
Y tenemos un Plan Regional de Competitividad y Productividad 2025-2030, compuesto por nueve objetivos prioritarios, 34 medidas de política y 267 hitos.
Entonces la próxima gestión no debería empezar preguntando:
“¿Qué hacemos?”
La pregunta debería ser:
“¿Qué vamos a conseguir?”
Educación: cambiar el lenguaje
Consideremos educación básica.
En lugar de aceptar:
“Fortaleceremos la educación”.
Preguntemos:
¿qué porcentaje de nuestros estudiantes alcanza hoy el nivel esperado en lectura y matemática y cuánto se compromete usted a incrementarlo cada año?
El Ministerio de Educación ya produce evaluaciones regionales mediante la ENLA y dispone de resultados específicos para San Martín.
Por tanto, medir no es una fantasía.
Podríamos establecer una línea de base en 2026, una meta para 2027, otra para 2028, otra para 2029 y el resultado final en 2030.
Entonces el ciudadano sabría si avanzamos.
Educación tecnológica: formar para producir
Hay otra pregunta todavía más importante.
¿Estamos formando los técnicos que necesita la economía de San Martín?
Nuestra educación tecnológica debería conversar permanentemente con agricultura, agroindustria, café, cacao, arroz, turismo, acuicultura, biocomercio, logística, energía y servicios.
El propio planeamiento regional contempla fortalecer la educación superior no universitaria y orientar la formación técnica hacia las demandas de la región.
Pero esto requiere cambiar el modelo.
El sector privado no debería aparecer solamente al final para contratar egresados.
Debe participar en la identificación de perfiles profesionales, prácticas, formación dual, innovación, equipamiento y evaluación de las competencias que realmente demanda la producción.
No debemos formar primero y preguntar después dónde trabajarán.
Primero debemos conocer qué economía queremos construir.
Y luego formar a quienes puedan construirla.
Competitividad: ponerle número al futuro
El INCORE 2026 coloca a San Martín en el puesto 18 de 25 regiones. En Educación, ocupa el puesto 19.
Perfecto.
Tenemos una línea de base.
Preguntemos a cada candidato:
¿En qué puesto se compromete a dejar San Martín al finalizar 2030?
No porque un ranking resuma todo el desarrollo regional, sino porque obliga a identificar qué variables piensa modificar.
Infraestructura.
Educación.
Salud.
Institucionalidad.
Mercado laboral.
Entorno económico.
Una promesa empieza a convertirse en política cuando tiene indicador, línea de base, meta y plazo.
Una agenda común
Propongo que sociedad civil, universidades, colegios profesionales, cámaras empresariales y medios construyan un pequeño tablero regional y planteen las mismas preguntas a todas las candidaturas.
Por ejemplo:
Educación: ¿qué resultados de aprendizaje entregará en 2030?
Educación tecnológica: ¿qué carreras vinculará con las cadenas productivas regionales?
Competitividad: ¿qué posición o indicadores mejorará?
Producción: ¿cuánto aumentará el valor agregado que generamos dentro de San Martín?
Turismo: ¿qué indicadores utilizará para medir crecimiento real y no solamente promoción?
Salud: ¿qué brechas concretas reducirá?
Infraestructura: ¿qué obras demostrarán impacto productivo y social?
Gestión pública: ¿qué trámites, tiempos y costos reducirá?
Y agregaría una última pregunta para todos:
¿Acepta que cada diciembre publiquemos cuánto avanzó respecto de las metas que está prometiendo hoy?
El poder de una cifra
Imagine la diferencia.
Un candidato dice:
“Voy a revolucionar la educación”.
Otro dice:
“Recibo este indicador en X y en cuatro años lo dejaré en Y”.
¿A quién podemos evaluar?
Solo al segundo.
Por eso las metas incomodan.
Porque las palabras pueden reinterpretarse.
Los números no.
El próximo gobernador regional asumirá el 1 de enero de 2027 y tendrá cuatro años para gobernar. Las elecciones se realizarán el 4 de octubre de 2026.
Tenemos todavía tiempo para cambiar la campaña.
No pidamos cien promesas nuevas.
Pidamos diez compromisos importantes.
Medibles.
Comparables.
Financiables.
Y públicos.
Porque una democracia madura no debería preguntar solamente:
“¿Qué promete usted?”
Debería preguntar:
“¿Con qué número autoriza que lo evaluemos dentro de cuatro años?”
IDEA FUERZA:
Una promesa dice lo que un candidato quiere hacer. Una meta permite saber si realmente lo hizo (Marco A. Cruzalegui)